Hablar de economía intergeneracional es hablar, en realidad, de la viabilidad de nuestro modelo de desarrollo. En un contexto marcado por el envejecimiento de la población, la precariedad juvenil y la transformación del mercado laboral, el pacto entre generaciones no puede limitarse a una apelación ética: debe traducirse en estructuras económicas, laborales y sociales que permitan sostener proyectos de vida dignos en todas las etapas.
Desde el ámbito local, esta conversación cobra una relevancia especial. Municipios y territorios son el espacio donde las tensiones intergeneracionales se manifiestan con mayor claridad -empleo, vivienda, cuidados, participación-, pero también donde surgen muchas de las experiencias más innovadoras para abordarlas. La economía intergeneracional no consiste en repartir mejor lo existente, sino en crear nuevas formas de cooperación que generen valor compartido entre generaciones.
Los datos del informe elaborado por Talento para el Futuro en el marco del proyecto Generación Impacto, centrado en la relación de la juventud con la economía social, aportan una clave fundamental para este debate: el interés existe, pero no se activa sin condiciones de viabilidad. La juventud no rechaza el impacto ni el propósito; lo que cuestiona es la posibilidad real de construir un proyecto de vida sostenible dentro de modelos que, en ocasiones, siguen apoyándose en la precariedad o la incertidumbre.
En el ámbito del empleo, el informe muestra una predisposición moderadamente positiva a trabajar en organizaciones de economía social. El principal motor es claro: más de la mitad de las personas jóvenes señalan como motivación clave poder ver un impacto real en personas y comunidades, así como formar parte de entornos laborales más horizontales y humanos. Sin embargo, este interés es frágil. El principal freno no es la falta de valores, sino el salario, la estabilidad y la proyección profesional. En un contexto de aumento del coste de la vida, el propósito deja de ser un “extra” compensatorio y pasa a ser insuficiente si no va acompañado de condiciones materiales claras.
Esta tensión tiene una lectura intergeneracional evidente. No se trata de una juventud menos comprometida, sino de generaciones que han crecido en un entorno de incertidumbre estructural y que evalúan las decisiones laborales desde la viabilidad. El reto para el desarrollo local es convertir el impacto en empleo de calidad, especialmente en sectores ligados a los cuidados, la transición ecológica, la economía social y los servicios de proximidad, donde la cooperación entre generaciones puede ser una ventaja competitiva.
El emprendimiento con impacto refuerza esta misma idea. El informe describe una “escalera” clara: muchas personas jóvenes se plantean emprender, menos desarrollan una idea y solo una minoría da el paso. El factor que atraviesa todo el proceso es el riesgo. Un tercio de la juventud no dispone de ningún colchón económico ni apoyo para asumirlo, y esta falta de red es especialmente acusada entre mujeres y en determinados territorios. Emprender con impacto se percibe como una opción deseable, pero demasiado arriesgada si se hace en solitario.
Aquí, la dimensión intergeneracional vuelve a ser clave. Experiencias locales que combinan mentoría intergeneracional, redes comunitarias, acompañamiento y apoyo económico inicial demuestran que cuando el riesgo se reparte, la innovación se activa. El informe es contundente: acompañar importa tanto como financiar. No se trata solo de más ayudas, sino de itinerarios claros, comunidades de apoyo y estructuras que no dejen a nadie fuera por su punto de partida.
La participación en proyectos sociales ofrece una tercera pista relevante. La juventud sigue queriendo participar, pero no de cualquier manera. Los formatos que mejor encajan son flexibles: microvoluntariado, colaboraciones puntuales u online, compatibles con estudios, trabajo y vida personal. La permanencia depende menos de la motivación inicial y más del diseño organizativo: horarios rígidos, mal clima interno o falta de reconocimiento son los principales motivos de abandono.
Desde una perspectiva intergeneracional, esto obliga a revisar modelos de participación heredados de otros tiempos. Cuidar, reconocer y adaptar los ritmos ya no es un añadido, sino una condición para sostener el compromiso. Y, de nuevo, el ámbito local es el espacio idóneo para experimentar nuevas formas de participación que conecten generaciones desde la corresponsabilidad.
La lectura de conjunto es clara: el pacto intergeneracional no se construye solo con discurso, sino con estructuras que permitan convertir el impacto en proyecto de vida. La economía intergeneracional no enfrenta a jóvenes y mayores; los necesita cooperando. Pero esa cooperación requiere condiciones justas, transparencia y políticas públicas que repartan riesgos y oportunidades.
El III Congreso Nacional de Desarrollo Local sobre Innovación en el Pacto Intergeneracional es una oportunidad para avanzar en esta dirección: compartir experiencias reales, aprender de lo que funciona y asumir que el desarrollo local del futuro será intergeneracional, o no será. Porque el interés existe. Ahora toca hacerlo viable.
Elsa Arnaiz Chico
Presidenta de Talento para el Futuro y analista política
